Sólo hace dos semanas que la familia de Ape ha dejado atrás la Edad Media. Hasta entonces, su existencia estaba completamente ligada a la naturaleza. Los gallos de este poblado situado en las frondosas montañas de la provincia de Chiang Rai, la más septentrional de Tailandia, marcaban el inicio de un nuevo día en la jungla. Y la caída del sol anunciaba su final. A partir de la muerte del astro, sólo quedaba viva la hoguera de la cocina, situada en un rincón de la pequeña cabaña de madera y bambú. “A veces utilizábamos velas, pero mis hermanos no podían estudiar con tan poca luz, y se dormían”, recuerda la mayor de los cinco, que este año ha cumplido los 18.

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