Almodóvar abandona los floripondios y se hace japonés

“El tipo de vida que
hago ahora mismo es muy distinta a la que hacía en los 80. Y desde
luego, mis películas no se parecen en absoluto a las películas que hacía
entonces”, afirma un convencido Pedro Almodóvar.

Histriónico, irónico, extrovertido, hilarante hasta el surrealismo, con un punto irreverente, más que atrevido, crítico, pasional… Esa es la imagen con la que saltó Pedro Almodóvar a escena en plena movida madrileña y de la que se convirtió, cual parte por el todo, en la metonimia perfecta. Es la que le ha acompañado siempre y muy probable, de la que nunca se despegará, pero a ese Pedro de entonces hay que cargarle ahora la mochila de matices y de tintes de otros colores. Señoras y señores, Pedro Almodóvar ha crecido y se ha hecho mayor.

La piel que habito, la decimoctava película del director manchego, es la prueba de un cambio, de una evolución, lógica y natural, e increíble y sustancial. Quizás ya en Hable con ella y en Los abrazos rotos comienza a verse al nuevo Almodóvar, uno más intimista, más personal e introspectivo que se confirma con esta nueva película, a la que dota de gestos y palabras medidas, de contención, y al fin y al cabo, de un punto extremo de sensibilidad que se mueve entre el dolor, la angustia y el instinto de supervivencia.

La vida en la forma de hacer cine

En parte muchos podrían pensar que este viraje se debe a un cambio de vida que se desarrolla mucho más de puertas para dentro. Él mismo afirma que no van muy desencaminados. “Yo creo que sí, que hay una gran introspección, mi vida la hago más dentro de mi casa, en espacios interiores, y en los 80 era siempre formando parte de un grupo muy grande y a mi casa iba exclusivamente para dormir y, a veces, ni eso”.

Almodóvar leyó hace años Tarántula, una novela de Thierry Jonquet, y quedé fascinando con la idea de venganza extrema que contiene. Esa es la que le movió a crear un guión en el que a pesar de ser fiel a sí mismo, a sus miedos y a su carácter, a sus rojos y ocres,  todo se vuelve más gris, casi negro, y donde la limpieza de movimientos y de ambiente se mezcla con los géneros: drama, tintes de ‘noir’, de terror, de ciencia ficción y muy poca comedia, apenas tres momentos.

Para Marisa Paredes, que interpreta el papel de Marilia en La piel que habito: “Hay una parte terrible de miedo, un miedo que tiene que ver mucho más con el interior que con el exterior de la gente que grita. Esto es mucho más intenso, algo que te hace respirar mucho más profundo y que te deja completamente estupefacto. Todo eso estaba en el guión”.

Conflicto creador vs. creación

En La piel que habito, Rober Ledgard (Antonio Banderas) es un reconocido cirujano plástico que vive atormentado por la muerte de su mujer y que encuentra la excusa perfecta, una venganza llevada al límite, para jugar a ser Dios. Consigue crear piel en su laboratorio y encuentra la cobaya perfecta, Vera (Elena Anaya), bajo la mirada cómplice de alguien cercano, su ama de llaves Marilia (Marisa Pareces). Las  cosas se complican cuando la creación se vuelve objeto del deseo del creador y es difícil dejarla ir. Todo evidentemente cubierto con retazos de Frankenstein de Mary Shelly y de Vértigo de Alfred Hitchcock.

Frankenstein está inevitablemente unido a cada vez que parece un quirófano y también a alguien que está haciendo un nuevo ser. Es una cita inevitable, igual que a Vértigo. Diría que desde el momento en que hay un hombre que intente cambiar a una mujer, su aspecto, peinado o ropa por la imagen de otra soñada está ya citando a Vértigo, y esas referencias están dentro de esa película porque no soy una isla”, aclara el propio Almodóvar.

Antonio Banderas remarca la forma en la que “Pedro le sigue dando vueltas a la manivela y nos sigue llevando cada vez a sitios más jodidos y estirando el melodrama hasta sitios insospechados, haciendo que la gente en algunos momentos se sienta incómoda. Es su naturaleza y eso no se puede cambiar: te guste o no te guste formará parte de la historia del cine español y de la historia de este país”. Y así, de refilón confiesa que le ha pedido un papel para una comedia.

Sin embargo, lejos queda ya esos momentos desternillantes con Mujeres al borde de un ataque de nervios e incluso películas con un equilibro mayor entre la risa floja y los traumas del pasado como Volver. Ahora el director se descubre otra capa, una que va más allá de lo que hasta ahora había ofrecido, una más personal y que deja al descubirto otra piel. Para el futuro: cuatro guiones sobre la mesa  y un 25% de posibilidades de que sea una comedia y de que se reencuentre, quizás, con el Almodóvar que una vez fue.
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