Aun siendo más dinámica y vencedora en cuestiones técnicas (la animación, la mezcla del CGI con el universo real) que sus dos entregas precedentes (sobre todo la aburrida e inconexa segunda parte), lo cierto es que el ciclo artúrico minimoyano no consigue levantar cabeza en este episodio ¿final? La cabeza igual no tenía intención alguna de izarse por encima de la altura de algún niño de menos de diez años, aunque permítanme discrepar de ello: Luc Besson se ha planteado esta trilogía como un blockbuster familiar, un rompetaquillas (al menos en la vecina Francia) al nivel de Hollywood. Y si es por el desafío en la realización de los (feos) dibus, es un justo vencedor: esta tercera parte acumula básicamente una serie de secuencias diseñadas para resultar virgueras y espectaculares, caso de la de la lucha en el tren en miniatura, o la del ataque de los maxibichos y su ejército en el pueblo. Esta última set-piece tiene ese toque de film yanqui de serie B con ovnis u hormigas gigantes en lucha con soldados desbordados, pero hasta aquí las virtudes. Al igual que en las películas anteriores, ‘Arthur y la guerra de los mundos’ cae derrotado por un flojito guión y, sobre todo, por unos personajes de carne y hueso bastante insufribles. Todo el metraje con la madre de Arthur poniendo caritas, o con el padre haciendo gansadas por el bosque, resultan del todo prescindibles y contraproducentes. Queda, eso sí que sí, las citadas escenas de acción, y el gran homenaje a Mandrake el Mago a cargo de Malthazard. Reservada para críos, muy críos, pues.

















