Un grupo de personas absolutamente distintas que piensan exactamente lo mismo. Podría parecer una frase aplicable a cualquier partido político y, sin embargo, el domingo por la noche pudo comprobarse que no hay en el mundo nadie más digno de esa definición que la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas de Hollywood. Lo malo de tener una organización tan heterogénea es que uno puede acabar creyendo que realmente lo es y no prestar atención al hecho de que hay pocas instituciones tan cercanas a la esencia del dinosaurio: demasiado conservadora para procesar los cambios, demasiado grande para sentirse amenazada, demasiado orgullosa para reconocer que hay otros animales en el bosque. Lo de la otra noche fue más de lo mismo: premio a la película simpática (a la cual -quede dicho- no se discuten los méritos). El discurso del rey es la película amable que tanto gusta a los académicos. Es simpática, en ella aparece el personaje cabizbajo que se sobrepone a sus miedos y logra lo mejor para sí mismo (y aún mejor, para su país), no tiene dobleces y el director, entretanto autor (léase David Fincher o Darren Aronofsky), es simplemente un tipo que agarra la cámara y cuyo objetivo no va más allá del “no pifiarla”.
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