Objetivo: La Casa Blanca


Sorprende que una película cuya pretensión, aparte del aspaviento patriótico, es recuperar el espíritu de aquellos action flicks ochenteros de testosterona por las nubes, barra libre de cocaína y ceja siempre arqueada, acabe resultando, merced tanto a sus logros como a sus limitaciones, una suerte de chequeo (diván incluido) al espectador medio actual; esa difusa fgura que, teniéndola hoy menos perflada que nunca, los grandes estudios intentan retener como sea, para lo cual no les queda otra que probar, algo a la desesperada, todo tipo de emulsiones (léase, tonos, épocas, referencias, intenciones…).





Sambódromo de adrenalina y estereotipos, exitoso a varios niveles, desde el puramente técnico (tiene secciones en verdad apabullantes) hasta el argumental (pese a lo predecible de su desarrollo no dejan de brillar un par de ideas realmente originales), ‘Objetivo: La Casa Blanca’ tiene mucho de ejercicio de prueba-error, de asumido test de audiencias en época de desconcierto. Con una ejecución extraordinaria, estamos ante otro título a sumar, sin más, a la ficha del siempre cumplidor Antoine Fuqua, garante de distracción taquicárdica y uno de los mejores amanuenses con que cuenta Hollywood desde hace década y media.

Fotogramas: Críticas




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