De 1931 a 1936 pasaron cinco años y un mundo. De ese tránsito del entusiasmo a la desolación fue testigo excepcional un hombre que lo vivió en primera línea: Niceto Alcalá-Zamora, abogado brillante, terrateniente liberal, católico practicante, monárquico decepcionado, finalmente republicano a machamartillo y político equidistante en un tiempo malo para moderaciones. Alcalá-Zamora (Priego de Córdoba, 1877- Buenos Aires, 1949) fue el primer presidente de la Segunda República, destituido por antiguos compañeros de viaje en abril de 1936, a las puertas de la insurrección militar. Y fue, consciente de su hueco en la historia, puntilloso anotador de impresiones, registrador de diálogos y guardián de documentos, como se puede ver en el legado depositado en el Archivo Histórico Nacional (AHN) después de peripecias dignas a veces de Le Carré, a veces de Ibáñez. Así que el primer cronista de esos cinco años en los que España dio tantas vueltas fue su primera y máxima autoridad: el jefe del Estado.

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