Cuando tenía 17 años, Amina estuvo cuatro días de parto en una aldea remota en el norte de Nigeria. Su bebé murió y Amina, de la tribu seminómada de los fulani, acabó con una terrible lesión que le produce constantes pérdidas de orina.
Avergonzada de su situación, pasó los siguientes 16 años prácticamente recluida en casa de sus padres, interactuando tan sólo con sus nueve familiares más cercanos. “Fueron años duros”, dice. “No salía, ni para ir al mercado ni para ir a casa de nadie”.
Cuando un parto se complica y la cabeza del bebé hace presión en la pelvis de la madre, se puede producir un corte de suministro sanguíneo a los tejidos intermedios. En el caso de Amina, ese tejido del sistema reproductor acabó muriendo, dejando un agujero entre su vejiga y la vagina, lo que se conoce como fístula obstétrica.
Durante todos los años que permaneció oculta Amina nunca supo que su lesión es reversible, o que su condición la sufren también entre 400.000 y 800.000 nigerianas y más de dos millones de mujeres en todo el mundo.
La fístula obstétrica es una lesión prácticamente desconocida actualmente en Occidente. Sin embargo, en África es una auténtica lacra. Más de una década después de que los Objetivos de Desarrollo del Milenio pusieran el acento en la importancia de la salud maternal, la fístula obstétrica sigue siendo un síntoma y un símbolo de los escasos cuidados ginecológicos y de la baja consideración que sigue teniendo la mujer en algunos lugares del planeta.
Sin cirugía, las mujeres que sufren estas lesiones tienen pérdidas de orina e incluso de heces, lo que a menudo provoca el rechazo de su comunidad. En algunos casos se pueden producir daños en los nervios y causar un trastorno de “pie caído”, que deja a la enferma prácticamente paralítica.
Al igual que a otras muchas afectadas, a Amina la abandonó su marido. Pero su fortuna parece que comienza a cambiar: hace poco escuchó el caso de otra mujer en su situación, Nana, que había sido operada de fístula por un equipo de Médicos Sin Fronteras (MSF) en un hospital de Jahun, una ciudad del vecino estado de Jigawa. Amina está ahora en el turno de espera para la cirugía, tras la cual espera poder retomar una vida normal.
“Es una situación terrible, porque cuando no puedes controlar tu orina o tus heces, todo el mundo lo nota”, asegura Kees Waaldijk, un cirujano holandés de 69 años al que las mujeres de Nigeria consideran una especie de mago. “Todo el mundo lo nota; se huele. Pero con una cirugía adecuada, tienen una segunda oportunidad en la vida”.
El motivo principal del alto índice de fístula obstétrica en el África subsahariana son los precarios servicios sanitarios para las embarazadas. Una mujer en el mundo desarrollado puede ser sometida a una cesárea de urgencia o extracción al vacío en cuestión de horas, mientras que una mujer del rural de Nigeria puede tardar más de un día en llegar al hospital y tener que esperar otro día más para ser tratada.
Una de cada 18 nigerianas muere durante el parto; en EEUU muere una de cada 4.800.
Waaldijk calcula que en el norte de Nigeria se necesitan unas 1.750 salas de obstetricia operativas. En la actualidad, dice, “creo que no funciona ninguna. Es un sistema fallido”.
La cultura también juega un papel importante. En el norte musulmán es habitual que las niñas se casen ya desde los 13 años. La mitad de las mujeres rurales de Nigeria se casan antes de los 18 años, lo que contribuye a los altos índices de fístula obstétrica y muerte maternal.
El estatus de una mujer en la provincia rural de Jigawa depende generalmente de su capacidad para procrear. Además, ser capaz de parir en casa, sin intervención médica, es visto como una señal de fuerza.
Una mujer necesita habitualmente el permiso de su marido o de su suegra para poder acudir al hospital, lo que suele provocar aún más retraso en los casos de emergencia. Las embarazadas también necesitan permiso del marido para ser sometidas a una cesárea.
Una mañana, durante una visita de GlobalPost al hospital de Jahun, un bebé murió en el útero de su madre porque los médicos no fueron capaces de localizar a su marido para que les permitiese realizar una cesárea. El hombre había dejado a su mujer en el hospital y se había marchado. A la mujer se le rompió además el útero y tuvo que ser sometida a una doble ligadura de trompas, por lo que no podrá volver a tener hijos.
Además de abrir una sala para operaciones de fístula obstétrica en 2008, Médicos sin Fronteras gestiona una sala de maternidad y un programa de sensibilización para animar a las mujeres a que acudan a parir al hospital en lugar de hacerlo en casa, con lo que así se pueden evitar los casos de fístula.
La cooperación con las autoridades sanitarias locales están dando sus pequeños frutos: Sadiya, de 16 años, llegó al hospital tras dos días de parto en su aldea. Su niña nació finalmente sin problemas y Sadiya probablemente no tendrá una fístula. “Si no hubiese venido, habría sufrido mucho más y al final el resultado habría sido la muerte… para las dos”, reconoce.
En los casos de las mujeres que ya padecen estas lesiones, el cirujano de MSF Said Abubakar reconstruye las paredes vaginales utilizando diversos tejidos, a veces los de los labios mayores. Para la intervención la paciente es colocada sobre una camilla ginecológica y se le administra anestesia dorsal. Abubakar opera directamente a través de la vagina.
Para lograr que una mujer deje de ser incontinente el cirujano a veces tiene que estrecharle la vagina de tal manera que ya no podrá mantener relaciones sexuales completas y mucho menos pasar por un parto. Ese es un dilema que Abubakar tiene que explicar a menudo a las pacientes.
La operación es descrita a menudo como simple, pero en realidad es una pequeña obra de arte, ya que cada caso es diferente, explican los especialistas.
“Fui jefe de cirugía traumatológica durante muchos años en un hospital en Alemania”, explica Waaldijk. “He sido cirujano de guerra en Camboya y he hecho cirugía reconstructiva en pacientes de una leprosería y, créame, la de fístula obstétrica es la más difícil a la que me he tenido que afrentar en mi vida. Es como operar la planta de un pie a través de una bota alta”.
Pero no todos los casos de fístula que atienden en MSF son producto de un parto complicado. Nana, de 16 años, fue sometida a la práctica tradicional de “gishiri”. Hace un año le cortaron la pared posterior de la vagina (sin esterilización o anestesia) para alargarla y dar mayor placer sexual a su marido. El hombre que se lo hizo, un wanzami o barbero, cortó de forma tan profunda que le atravesó el recto.
“No tuve otra elección. Mi marido no estaba contento con mi manera de practicar el sexo”, dice Nana.
Hay suficientes historias tristes como para llenar un libro, pero la sala del hospital con 32 camas es un lugar sorprendentemente luminoso y optimista, por donde circulan mujeres con catéteres que cuelgan por debajo de sus coloristas vestidos tradicionales. La música y el baile tienen un papel importante en su rehabilitación y terapia.
La idea de MSF es traspasar finalmente el proyecto al Gobierno de Jigawa, en unos tres o cuatro años, con un equipo local bien entrenado. No obstante, los avances por parte del estado nigeriano y del Gobierno federal están siendo “en una palabra: lentos”, reconoce Bronwyn Hale, asesora de MSF en salud de la mujer.
Hay indicios de avances, pero los temas que han dominado la agenda durante la campaña para las elecciones de este mes en Nigeria han abarcado desde la corrupción hasta la contaminación ambiental. Sin embargo, la salud maternal no ha logrado mucha atención.
La congresista demócrata por Nueva York Carolyn Maloney ha estado llamando la atención sobre este tema en el Congreso de EEUU, pero aún así la mayor parte de los activistas creen que la salud maternal se está siendo descuidado de manera vergonzosa.
“Cada día mueren 500.000 mujeres en el parto, más que en el tsunami [de Japón], y sin embargo nadie está haciendo nada por ello”, lamenta la ginecóloga australiana Catherine Hamlin, pionera en las operaciones reparadoras de fístula obstétrica y que abrió una clínica en Etiopía en 1959 donde todavía trabaja. “Estas son mujeres jóvenes con toda una vida por delante y que se mueren durante el parto o acaban con una fístula, en cuyo caso desean haber muerto. Es algo terrible para una mujer ser incontinente”.
Las mujeres rurales africanas siguen siendo “ciudadanas de segunda clase”, denuncia.
El último centro de tratamiento de fístulas obstétricas en EEUU se cerró en 1859. Estaba en Nueva York, en el lugar que ahora ocupa el hotel Waldorf-Astoria. Irónicamente, el precio medio de una habitación hoy en día en ese establecimiento de lujo (entre 300 y 400 dólares) es lo que cuesta una operación de reparación de fístula en Nigeria.
“No creo que haya un paciente más agradecido que la operada de fístula”, dice la doctora Hamlin. “Es maravilloso verles esa alegría. Es como si comenzasen una nueva vida”.
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