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Javier Sedano. Madrid

Allá por el mes de septiembre del pasado año y una vez que se conoció el Proyecto de Ley de Presupuestos Generales del Estado 2011, expertos en Defensa, de dentro y fuera de las Fuerzas Armadas, pusieron el grito en el cielo por el recorte presupuestario que, por tercer año consecutivo, sufría el ministerio y que, según apuntaron, reducirá drásticamente los niveles de operatividad de las unidades militares.

Los ya famosos 7.153,55 millones de euros que este año irán destinados a la defensa española implican una reducción en 538,4 millones respecto al pasado 2010. Esta caída en el poder adquisitivo afecta a todos los grandes capítulos y a la cabeza de todos ellos los programas de modernización. En primera instancia puede pensarse que los recortes en este ámbito reducirán peligrosamente el nivel de capacidades futuras de los Ejércitos y de la Armada, al margen de lo que afectará al futuro de las empresas que participan en dichos programas, pero la realidad es mucho más cruda como ya publicó este diario el pasado miércoles. “Desengañémonos, nuestras Fuerzas Armadas han sido preteridas y postergadas, intencionadamente, desde hace mucho tiempo”, explican a LA GACETA altos mandos militares. Lo cierto es que en la actualidad el gasto en defensa en España sigue siendo el más bajo entre los aliados europeos de la Alianza Atlántica, si exceptuamos al insignificante Luxemburgo, una situación que no se corresponde en absoluto ni con la dimensión económica ni con la ambición estratégica de la que hace gala nuestro país.

En realidad, cuentan las mismas fuentes a este periódico, las botaduras de nuevos barcos de guerra o las presentaciones de nuevos aviones y productos sólo satisfacen a una parte: las empresas, las principales beneficiarias de los presupuestos, “que les garantiza tarea durante unos años y puestos de trabajo en las circunscripciones electorales de quienes aprueban esas partidas”.





Patriotismo

“¿Significa ello que ese gasto se adecua a lo que realmente necesitan nuestras Fuerzas Armadas en calidad, oportunidad y con esa prioridad?, diríamos que no”, afirman los altos mandos militares, aún en activo. Además, señalan, que a los Estados Mayores y Mandos Logísticos se les impone este material abusando no pocas veces del argumento patriótico, al que son tan sensibles.

“Los pedidos iniciales suelen ser ridículos, con lo que los precios llegan a ser altísimos. Son buenos productos, pero no basta con desarrollarlos y adquirirlos, necesitan su mantenimiento, repuestos, infraestructuras, adiestramiento y muchas veces algo tan simple como terminarlos”. Efectivamente, terminarlos, porque, cuentan, a menudo sus sistemas quedan a medias, sin repuestos, con fallos de diseño o faltos de armamento. Vale más una presentación ajustada y a tiempo que un producto adecuado fuera de los plazos. La visión política del Ejército –como ha ocurrido con el conflicto libio–. “No importa, se hará entrega del material, a veces con familia real, políticos, banda de música y ceremonia de firma ostentosa, y a nadie se le ocurrirá decir: yo eso así no lo acepto para mi ejército, no firmo”, aseguran con cierto tono de resignación.

Hay, pues, una parte del ciclo que ya no es tan espectacular en la que no hay forma de encasquetar la foto. “Aquí está el trabajo ingrato y gris y el gasto permanente, tantas veces no previsto, no por falta de capacidad, sino por el síndrome del avestruz”. Y aquí son tan responsables los políticos como los propios militares, tantas veces subestimados y tantas “engañados”.

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