En la mitología japonesa las islas de Japón descansan sobre las espaldas de un gigantesco siluro que habita en las profundidades del mar. Namazu, como se conoce a esta criatura, se agita de vez en cuando y hace temblar la tierra y el mar. El pasado 11 de marzo, a las 14.46h. (hora local), el viejo pez se agitó como hacía mil años que no lo hacía. Durante los primeros segundos, muchos japoneses pensaron que se trataba de un temblor más, pero la violencia y la duración de la sacudida cambiaron enseguida la expresión de sus caras: Namazu esta vez se había enfadado de verdad.
Unos minutos después de la sacudida, comenzó el habitual recuento de daños. No parecía que el terremoto hubiera sido especialmente devastador. Los grandes rascacielos de Tokio se habían balanceado como ramas de bambú con sus oficinistas dentro, pero aguantaron la embestida. En un parque de la capital, un turista accidental filmaba la licuefacción de la tierra bajo sus pies y extensiones enteras del parque que se movían a un lado y al otro como si fueran balsas de madera. Pero lo peor estaba por llegar.
Durante la siguiente hora, en intervalos de entre 20 y 40 minutos, una sucesión de olas gigantescas golpeó la costa japonesa y se tragó todo a su paso. Las sirenas que alertaban de la proximidad de un tsunami sonaron en las localidades costeras, pero no todos los ciudadanos fueron conscientes del peligro. El daño fue especialmente grave en las poblaciones más separadas del mar, donde nadie esperaba que llegara el tsunami, y en las zonas donde el agua se agolpó y subió por las rías con un efecto multiplicador. Los científicos estiman ahora que la embestida consistió en siete grandes tsunamis con olas que llegaron a superar los trece metros de altura y penetraron hasta 40 kilómetros tierra adentro.
Un mes después del seísmo, la tierra sigue temblando con fuerza. Un terremoto de intensidad 7,1 en la escala de Richter ha vuelto a sacudir este lunes el noreste de Japón y ha provocado una alerta de tsunami en la costa de esa región, la misma que fue devastada el 11 de marzo. La cifra oficial de muertos por el terremoto y el tsunami de hace un mes se eleva a 13.116 y 14.377 personas siguen desaparecidas. Alrededor de 147.000 japoneses continúan evacuados en unos 2.350 refugios, provenientes en su mayoría de las provincias de Miyagi, Iwate y Fukushima, las más afectadas por el desastre. Las fuerzas de autodefensa y la guardia costera siguen recuperando cuerpos pero el amasijo de escombros, hierros y lodo ha sepultado muchos de los cadáveres para siempre.
Los geólogos calculan que el seísmo del pasado día 11 de marzo fue el quinto mayor terremoto del registro histórico. El seísmo, según los científicos, movió el eje de la Tierra 25 centímetros, aceleró ligeramente la velocidad de rotación de la Tierra y acortó el día en 1.8 microsegundos. Se calcula que la energía que desató la sacudida de Sendai fue el doble que la desplegada por el terremoto que provocó un tsunami en el océano Índico en 2004.
Reconstrucción de la pesadilla
A las 15.12 h., apenas 26 minutos después la sacudida, una primer ola de siete metros golpeó contra la localidad de Kamaishi, en la prefectura de Iwate. Después, la masa de agua fue llegando a Ōfunato, Ishinomaki, Miyako, Ōarai… En la pequeña localidad de Okawa, tres kilómetros tierra adentro cerca de Ishinomaki, un muro de 7,5 metros de agua surgió desde el río Kitakami y arrasó todo lo que encontró a su paso, incluida una escuela en la que alrededor de 80 niños y profesores ignoraban lo que se les venía encima. Solo sobrevivieron un profesor y un par de docenas de alumnos que le siguieron hasta lo alto de una colina.
A las 15.20 h, un periodista local llamado Toshikatsu Kumagai, conducía de vuelta a casa por la localidad de Ishinomaki, confiado en que, a pesar de la alerta de tsunami, tendría tiempo de ver venir la ola. Unos minutos después detuvo su coche y lo escuchó: “Oí un extraño sonido – zah zah zah – y vi que el agua desbordaba el puente. Entonces pensé: esto es un tsunami”. Salió corriendo y trató de alcanzar una valla, pero el agua se lo llevó. Durante horas flotó a la deriva agarrado a un madero, hasta que un helicóptero le rescató.
Casi a la misma hora, Machiko Kikuchi , una mujer de 49 años, salía de su casa desesperada en busca de su hijo. Las cámaras captaron el instante en que subía a su coche unos segundos antes de que la ola arrasara la localidad costera de Kamaishi, en Iwate. La ola se llevó su coche y lo golpeó contra restos del puerto y de los edificios, pero tuvo la suerte de poder escapar y acceder hasta una azotea donde esperar ayuda. En la localidad costera de Minami Soma, Hiromitsu Shinkawa, de 60 años, fue arrastrado por la ola cuando regresaba corriendo a su casa porque había olvidado algo. Afortunadamente, pudo agarrarse a un trozo del tejado de su casa y permanecer flotando a la deriva hasta que le rescataron. Las autoridades le encontraron unos días después varios kilómetros mar adentro.
Alerta nuclear
Una hora después del terremoto el helicóptero de la televisión japonesa captaba el momento en que una ola gigantesca golpeaba contra el aeropuerto de Sendai llevándose por delante vehículos, casas y árboles. Las imágenes iban llegando como un goteo y empezó a tomarse conciencia del horror: localidades devoradas por el agua en apenas unos minutos mientras sus habitantes trataban de encaramarse a alguna azotea y escapar de la destrucción.
Pero otro peligro estaba a punto de despertar sin que nadie lo advirtiera. Cuarenta minutos después del terremoto, una masa de agua de 15 metros de altura golpeó contra las paredes de contención de la central nuclear de Fukushima Daiichi, preparadas, como mucho, para una ola de 5,7 metros. El agua desbordó al contención y se llevó por delante los generadores diesel de la central, dejando sin suministro eléctrico a los reactores. La compañía Tepco ha reconocido que los seis reactores llegaron a estar inundados por una capa de 5 metros de agua.
A partir de aquel momento, a la tragedia de las decenas de miles de muertos de la catástrofe natural se sumó una nueva amenaza. En las siguientes horas se decretó la alerta nuclear y se evacuó a la población en un radio de 20 kilómetros, mientras los técnicos de la central trataban de refrigerar los reactores y se sucedían las explosiones por acumulación de hidrógeno. Cuatro reactores sufrieron daños importantes y comenzaron a emitir altas dosis de radiación, una fuga en la central provocó el vertido de toneladas de agua contaminada al mar y varios trabajadores resultaron expuestos muy por encima de los límites legales.
Un mes después, la crisis nuclear está lejos de terminar. El portavoz del Gobierno, Yukio Edano, aseguró este domingo que el riesgo de que se produzcan filtraciones importantes de radiactividad en la planta es “considerablemente menor” en la actualidad, tras un mes de trabajos para tratar de enfriar los cuatro reactores que presentan problemas.
La última medida es el anuncio del Gobierno de que ampliará las zonas de evacuación en torno a la central nuclear de Fukushima en el plazo de un mes en función de la radiactividad que se detecte en distintas localidades. Edano asegura que los nuevos planes de evacuación se aplicarán a localidades como Iitate, a 40 kilómetros de la central, o al pueblo de Minami Soma, donde se han medido niveles de radiactividad superiores a los permitidos.
El proceso terminará más que probablemente con el desmantelamiento de los cuatro reactores dañados de la central y la posible construcción de grandes sarcófagos que contengan la radiación. Aún así, una amplia extensión de la zona quedará contaminada durante años y habrá que establecer una zona de exclusión permanente si la radiactividad se ha filtrado a las aguas subterráneas.
Mientras tanto, la tierra ha vuelto a temblar y los trabajadores de Fukushima han vuelto a ser evacuados. Si hubiera que interpretarlo en términos mitológicos, diríamos que los monstruos de Japón se niegan a dormir.
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