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Historia de una cartera

mayo 18, 2011 Sociedad


historia de una cartera Historia de una cartera

Lo primero que hizo tras la jura del cargo fue tatuar su nombre en la cartera porque al final no le quedará otro recuerdo del sillón de mando. No piensa retornarla al ayuntamiento.
—No andan las finanzas como para llamar al guarnicionero cada cuatro años.
La secretaria del consistorio no le hablaría con tanta insolencia si no fuese su mujer, confirmando que lo que más manipula a la política es la cama. Ya se lo advirtieron los compañeros de partido –“No se te ocurra llevarte a la Loli a los plenos, que desquicia a la peor oposición”–, que trataban de tener una legislatura aplacible, pero él prefirió lograr la paz en su casa trasladando el campo de batalla al terreno comunal.
El suyo es un municipio irrisorio en el mapa de una provincia despoblada, lo que traducido al mundo del chiste sería el colmo más pequeño (o sea, el colmillo). Un pueblillo pobre al que habría que dedicar 28 de las 24 horas del día si uno dispusiera de ellas.





La cartera llegó a su vida por una concatenación de hechos afortunados: el maletín de su predecesor estaba hecho un asco porque el anterior alcalde se dedicaba al tajo –y cuero y cemento no maridan bien–, sumado a las ofertas poselecciones de varios artesanos del municipio para congraciarse con las nuevas fuerzas vivas y a una mujer con arrojo.
—Un alcalde en condiciones tiene que usar cartera.
—¿Eso no es cosa de ministros?
—Tú, calla, que el hábito hace al monje. Te veo con hechuras de Moncloa.
Así es como el alcalde ha guardado sus secretos en un bolso de piel curtida con remaches dorados y su nombre impreso en la lengüeta. Ya le acompañó en el primer pleno, donde la oposición le saludó con una palmada traicionera antes de asestarle el envite por el asunto del polideportivo municipal, y será el último objeto en abandonar su despacho. Igual que un asistente fiel.
Si no le hubiera absorbido su belleza hipnotizadora, se habría percatado de que no era la única en la alcaldía. La sala de juntas tiene una librería donde se atesoran unos archivos que se remontan a tiempo inmemorial; algunos pertenecerían a la Iglesia, pero el párroco tiene tantos años como mala memoria y mientras el obispado no envíe un religioso lumbreras es mejor guardar la historia vecinal en el consistorio. Entre nacimientos y defunciones duerme un maletín negro cosido a mano.

Por su aspecto se diría que no cumple el siglo, sino que lo rebasa de lejos. A simple vista no hay nada en su aspecto externo que delate su procedencia ni quién es su propietario; pero su interior da muchas pistas sobre la autoría de aquello que guarda. Son cartas. Decenas de misivas escritas en tinta azul y firmadas con un “siempre tuyo”.
Hubiera sido fácil comprobar que ese “Evaristo” repetido hasta la saciedad con pomposos membretes disfrutó del mismo sillón cuando España era un país por hacer. Y bastaría con leer –no ya entre líneas, sino un par de párrafos– para entender que por un amor dejó el bastón, el cargo y hasta la cartera dentro de un armario porque le sobraban los bártulos para abrazar a su amada.
Sin embargo, este alcalde seguirá apegado al poder y a su cartera y ni abrirá el viejo armario durante su adiós.

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