Ha dicho por ahí Rafa Nadal que él no ha ido al Open de Australia a lucir camiseta, sino a jugar al tenis. Lo que pasa es que Rafa, que es un titán, sí luce camiseta, y hasta calzoncillos en los anuncios de Armani, cuando toca. Traigo aquí todo esto porque la chicas tenistas también lucen su camiseta y su minifalda, pero menos. Y ellas también van a jugar al tenis. Y las lucen menos porque ya en el pasado Open les imponían una multa si iban “demasiado sexis”. A las guapas de este deporte les han echado freno indumentario porque se vestían mucho, en la cancha, para ir menos vestidas, según los jueces de la moral, que asoman a nada que te descuides. Sobre todo si descuidas el volante de la falda minifalda. Uno cree, modestamente, que cada cual debe ir a jugar como quiera. No escatimaremos que resulta una delicia ver a Sharápova, a Ivanovic, a las Williams, pegando un revés con los escasos volantes al aire. No pocos hemos llegado a la afición del tenis femenino por devoción fetichista de la mujer en general. En alivio del machismo probable de la reflexión, recupero ahora una frase esclarecedora de Arantxa Sánchez Vicario, al respecto: “Lo que pasa es que ahora las tenistas son muy guapas”. De acuerdo. Y ahí quería yo llegar. Miro el coro de las últimas tenistas en curso y me sale una pasarela de sirenas, pero con buenas piernas. Ahí van algunos nombres, abreviando: Daniela Hantuchová, María Kirilenko, Serena Williams y las ya citadas, además de la española Nuria Llagostera, que posó en interviú, donde no hay censura de lencerías. A María Sharápova le pones una túnica de cóctel y te sale una maniquí principal de la Pasarela Cibeles. Con Ana Ivanovic, que es un tope, lo mismo.
Las Williams son dos Beyoncés con raqueta, y a la mayor, Venus, debemos la inolvidable estampa histórica de jugar con corsé negro y braga transparente. Todas ellas tienen de pioneras de esta feminidad de ropa corta y cuerpo de póster a Anna Kournikova, y más allá a Gabriela Sabatini, que era una especie de Cindy Crawford con gimnasio. Lo que vengo a decir es que el tenis femenino se ha cargado de guapas, y se comprende que ellas no quieran jugar vestidas o desvestidas como Butragueño. Para machismo, la propuesta de Boris Becker, no hace mucho: “Habría que prohibir los gemidos femeninos en la cancha”. Con un par. A nosotros nos parece que no hay que prohibir nada. Y aún menos las alegrías atuendarias de las tenistas, que son un cruce de lolitas sin tacones y ángeles que sudan.
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